26 jun. 2010

Canchas de Papel

El fútbol es un género literario en sí mismo desde los cuentos de Roberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Eduardo Sacheri, entre otros. No sólo existen autores a los que ya se identifica con la literatura futbolera, sino también comienzan a aparecer editoriales exclusivamente dedicadas a publicar libros de fútbol como Ediciones Al Arco.
José Pablo Feinmann, Alejandro Dolina, Horacio Salas, Rodolfo Braceli, Liliana Heker, Mempo Giardinelli, Fabián Casas y tantos otros han jugado en la cancha de papel, es decir en el estadio imaginario donde convive la ficción con el deporte y se juega por los puntos.















Dice Juan Sasturain: "El fútbol es lo que más se parece a la vida: por el tipo de relaciones que se establecen dentro de la cancha, por lo que tiene de poco reglado, por su alto grado de imprevisibilidad. En la cancha, como en la vida, nunca se sabe lo que puede pasar. En un partido, contra todos los pronósticos, el piojo resucitado te puede abrochar en el último minuto, y ahí está la gracia: todo el mundo siente que puede llegar. El fútbol es uno de los espacios en que cabe hablar de épica: la victoria, la derrota, la figura del héroe, los valores ahí tienen vigencia. Cuando Borges decía que había encontrado en la literatura policial de los años 30 el refugio último de la épica, se equivocaba. Él no estaba capacitado por condición y por elección ideológica para ver este otro fenómeno: el del fútbol".
A propósito de este comentario, sucede que Jorge Luis Borges sostenía que el fútbol era "una cosa estúpida de ingleses...

Un deporte estéticamente feo: once
jugadores contra once corriendo detrás
de una pelota no son especialmente hermosos".


Pero como en la religión, negar su existencia ratifica que existe. Borges no deja de ser Borges incluso cuando desdeña al fútbol. El oficio de los escritores está impregnado de sentimientos de hincha apasionado y la literatura evolucionó hacia este interesante mercado editorial en que se intelectualiza la magia del balompié. Quizá el relato metafísico del gol a los ingleses en la voz de Víctor Hugo Morales y la creación romántica del “Barrilete Cósmico” improvisado de apuro pero desde el alma y con lágrimas en los ojos, sea el paradigma de una cultura que se codea con la plebe, en un acto igualitario: el fútbol tiene el poder de poner en la misma grada al que se come las eses con el que escribe cuentos para multitudes. Y lo que es mejor, nadie se los reprocha.

"Lentamente ascendió el balón en el cielo.
Entonces se vio que estaban llenas las tribunas.
Habían dejado solo al poeta bajo el arco,
Pero el árbitro pitó: Fuera de juego".
Günter Grass

Osvaldo Soriano, elucubró una fantasía en la que los mapuches jugaban una final del Mundial en la Patagonia; les dio encarnadura a los técnicos Orlando el Sucio y al Mister Peregrino Fernández, descubrió al hijo de Butch Cassidy trabajando de árbitro y soñó con el penal más largo del mundo. Sin embargo afirmaba que “los intelectuales detestan el fútbol”.



















No obstante, contradictoriamente, él fue un intelectual aunque se negara a afiliarse a ese dominio, adoró a su San Lorenzo de Almagro y hasta recibió como caricia del destino el homenaje de que exista un club con su nombre: Osvaldo Soriano Football Club. Pareciera que el destino nos hace primero hinchas de fútbol, luego escritores y, como resulta muy difícil la correlatividad, prevalece la autonegación del intelectual que se lleva adentro: “como va a ser intelectual si le gusta el fútbol”.
Quizá lo más interesante sea que el fútbol puede traer nuevos lectores, aunque algunos editores piensen que el fútbol no vende, sin embargo, en todo el mundo las revistas deportivas afinan cada vez más la pluma, los redactores se ponen cada vez más exigentes, invocan a Borges y a Soriano en sus notas y entonces se vuelve al apotegma circular que pregona esta nota: el fútbol también se juega en canchas de papel.

17 jun. 2010

La pelota intelectual no se mancha.

El fútbol, “dinámica de lo impensado” como dijo Dante Panzeri, es cultura y es pasión, otorga una interesante percepción social del juego, de su entorno, del impacto que tiene sobre los individuos, sobre los mercados, sobre los medios, e incluso sobre la política.
Acerca de fútbol, se habla, se escribe, se canta, se filma; diarios y revistas, libros y películas que ponen el foco en este fenómeno popular que convierte en modelo aspiracional a personas de diferentes clases sociales y culturales, los transforma en noticia o en relato, en marketing de indumentaria, en merchandising, en negocios de transferencias entre clubes. El fútbol es más grande que el juego mismo, por eso es y lo ha sido siempre, motivo de inspiración.
Hoy El Tronco de Robinson Crusoe, blog que coordina un escritor independiente, que es hincha de fútbol y admirador de algunos artistas del oficio como Maradona y Messi, se sube al espíritu mundialista para recordar a Roberto Santoro, una pluma independiente que dedicó un libro de poesía a la pasión de multitudes.
Roberto Jorge Santoro nació en Buenos Aires el 17 de abril de 1939. Fundador de la revista literaria El Barrilete y de publicaciones como Gente de Buenos Aires y Papeles de Buenos Aires, es autor, entre otros, de: Oficio desesperado (Ediciones Cuadernos del Alfarero, 1962); De tango y lo demás (Editorial Barrilete, 1964); En pocas palabras, plaqueta (Ediciones Hechas a mano, 1967) y Literatura de la pelota, recopilación sobre el tema del fútbol (Editorial Papeles de Buenos Aires, 1971) que es el asunto en cuestión.
Fue pionero en recopilar textos literarios relacionados con el fútbol, algo que con interesante repercusión realiza Alejandro Apo en su programa Radial y en sus libros y espectáculos.
Con ojos bien abiertos y oídos muy atentos le tomó al pulso a este deporte, Santoro descubrió en el fútbol un epicentro emocional con matices múltiples, explosivo a las emociones. Realizó durante años una gigantesca tarea de búsqueda y selección recorriendo librerías, bibliotecas y hemerotecas, revisando archivos, manchándose los dedos con un laborioso hojear de diarios y revistas. Asiduo a las tribunas y, según cuentan, buen jugador, tomó nota también de los cantos de las hinchadas para dejar testimonio de la creatividad popular.
Decidió desentenderse de las grandes editoriales y editó Literatura de la pelota con sello propio, Editorial Papeles de Buenos Aires, en 1971, con la certeza de ser el precursor de este tipo de trabajos y con la esperanza de que esta antología futbolera sea el puntapié inicial de futuras antologías, lo que como veremos más adelante no pudo ser.
Veamos una muestra de su poesía:

El fútbol
Roberto Jorge Santoro

Bailarín
con un pie mareador
silbador
quien lo ve
toca de a poco
en caricia
le pone al cuerpo ballet
levanta el balón
lo empuja
lo resbala
lo mima con una gana
lo enrolla con otro pie
le da una vuelta
en el aire
de taco
que ni se ve
la vuelve
le cae al pecho
que para
cae
resbala
su pierna
de forma rara
la hace morir en el pie
que la pisa
si dormida por el suelo
la toca
y levanta vuelo
la pelota y el ballet
que en avance
con un pique
le dice que se le achique
la guarda
que en el zapato
del otro que ni la ven
se da vuelta
y no la tiene
está saltando
en el aire
le dice con la cabeza
que va el otro
que la deja
que la espera en otro pie.

Roberto Jorge Santoro
Literatura de la pelota (1971)

Vaya este humilde homenaje a este verdadero precursor del empowerment literario, que se jugó los ahorros para editarse su trabajo y que hizo honor a lo que predica este blog.
Como dijimos antes Roberto Santoro no pudo seguir con su iniciativa, fue secuestrado el 1° de junio de 1977 de su lugar de trabajo: la Escuela Nacional de Educación Técnica N° 25 Teniente Primero de Artillería Fray Luis Beltrán en el barrio de Once, donde el poeta prestaba servicio como preceptor con el cargo de subjefe. Hasta hoy se encuentra desaparecido. Una plaza de Buenos Aires, en Avenida Forest y Teodoro García, lleva su nombre.

Marcelo G. Urbano

7 jun. 2010

Para ser periodista, mujer y encima, no morir en el intento

Primera nota de aporte de Morocha Urbana - Mónica Gervasoni

Diosas o demonios, las mujeres se las verán con las tradiciones familiares. Porque, cómo explicarle a la bisabuela, abuela y madre que, apenas sabremos coser, ningún poco bordar, a gatas cocinar y no abriremos ni loca la puerta para ir a jugar, a menos que hayamos terminado la nota...
Menos aún nos casaremos con ningún coronel, porque, por supuesto, no pasaremos delante de ningún cuartel. Peor aún, eligiéremos un marido acorde, otro periodista, o futuro periodista, lo cual es recontra peor, todavía. No hay nada que hacer, concluirá resignado el correlato familiar, Dios los hace, uno los cría, el viento los desparrama y ellos, ¿qué pueden hacer ellos?, se juntan.
Tener presente la incomunicación nuestra de cada día. Frente a la hoja en blanco del papel o del ordenador, nadie, inclusive el canario, pueden decir ni pío. Sospecharán que meditamos, por la baranda a sahumerio, velas pretendidas y afines. Pero no, nos estamos concentrando y rezando a cuánto santo se nos cruce por una miserable idea.
Proveerse de una artillería de lapiceras, lápices o bolígrafo, que escriban, sobre todo cuando se las solicita para tal fin. Una fiel máquina de escribir, mientras nos rompemos el alma y el bolsillo para comprar una PC para que entre otras cosas, el marido de una, ose depositar sobre la sagrada reliquia, lo que pretende le planchemos para mañana.
Servilletas, indispensables en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, si es que todavía quedan, los caballeros y las servilletas. Sobre todo para cuando se acaben cuadernos, agendas y afines que tienen la maldita costumbre de acabarse cuando uno más lo necesita.
Saber que en la mitología del mal agüero, no hay nada mejor para perder el humor que a una le encarguen una nota con humor. Que no hay nada mejor para hacer una, que no se disponga ni de tiempo ni espacio ni para pergüeñarla, vea Ud. Resignarse porque, a veces, solo y exclusivamente en esas condiciones surgen las ideas.
Idea, "moun amour" ..: Basta que a una se le antoje una idea, que parirla cuesta tanto como hacer arrancar un viejo Winco.
Recurrir a un buen manual de autoayuda para convocar al silencio familiar, cuando una necesita concentrarse.
Un buen y barato mataburros.
Mate. Litros de café como para quedar como brea o en el mejor de los casos, como murciélago, después de ingerirlo. Cigarrillos, por las dudas. Y un buen digestivo porque con el stress y el café no hay vesícula, ni hígado, páncreas ni estómago que resista.
Ser una, con la montaña de papeles sobre el escritorio, que para localizarnos soliciten a un San Bernardo, esos perros que suelen venir con barrilito incluido debajo del pescuezo, a ver si convidándonos de paso cañazo, logran despertarnos. ZZZZ... vamos, que solos a la madrugada, con esto de la Internet, ya no estamos tan solos.
Paciencia en solución concentrada para saber tratar a aquellos que creen que escribir es soplar y hacer botella. Y para los que no sabiendo escribir, le dicen a una, como y qué tiene que escribir. Alguien que friegue por una mientras una se auto realiza.
Saber que los propios tiempos de gestación de ideas para notas, jamás concuerdan con los del jefe de redacción que quiere título y nota en un santiamén. También, saber que no se puede dejar para mañana la nota que se puede hacer hoy, porque el grande jefe la quiere para ayer.
Soportar gajes del oficio extras, como por ejemplo, un marido gritando cual marrano, clamando un "despertar no violento", al mejor estilo mathama marido, porque pusimos todos los despertadores al mismo tiempo, con cacerola de tapa, en función de lograr despertar y sobre todo entregar, ¡puntual!
Practicar encorvamiento de espaldas, sobre escritorios, PC, máquina de escribir, cuadernos, etc. Escribir hasta que las velas no ardan. Estar con toda la parentela de guardia en el kiosco de diarios para abarajar la primera revista con nuestra nota. Resignarse a tener siempre pocos, casi ninguno, pietrodólares en los bolsillos.
Considerar que si una idea nace en disparada entre la cocina y el living, o peor aún en mitad del sueño o del kamasutra, es imposible que encima salga estructurada. Gracias al cielo que surgió. Aunque el "dorima" blasfeme. Contener los esfínteres en pleno ataque de inspiración. Y cuando sale la nota, suspirar con un: "por fin me la saqué de encima".
Toda coincidencia con la realidad fue absolutamente y deliberadamente premeditada. Se omiten nombres propios, en alianza al pellejo de la autora, en otras palabras para que no sea occisa. Joven argentina, 33 pirulos, ama de casa, de vocación periodista, es BUSCADA, porque no dimitiría de la profesión ni falta de trabajo ni guillotina mediante.
Mónica Beatriz Gervasoni